jueves, 29 de diciembre de 2011

LA SÉPTIMA ÉPOCA MURGUERA

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EMPANADA DE SALMÓN.-
Cavilaba cómo celebrar el séptimo año del nacimiento de esta Murga, cuando aburrido y sin muchas ideas me metí entre fogones. Allí encontré la solución: Incordiando lo que pude me facilitaron el material y me hicieron acomodo. Con consejos y avisos se remató la faena. La decoración, improvisada en el último momento, quedó escasa y pobre: En ella, lector de buena voluntad, se intuye una M (por lo de Murga) y debajo de ella se insinúa un chamuscado siete.

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PROCESO.-
Temiendo que en mi retorcido poema no se atine fácilmente con el proceso, paso a explicar éste paso a paso:
Extiendo una lámina muy fina de hojaldre, la pincho varias veces con un tenedor para que no suba en exceso. La horneo ligeramente a 180º  unos 10, 15 minutos.
Una vez fuera, pongo sobre ella el salmón troceado, las gambas y  los huevos duros picados o en rodajas. Sólo resta cubrir con el queso rallado que más te guste y colocar encima la otra tapa de hojaldre a la que decorarás y pintarás con el huevo batido. Meter en el horno hasta dorar.

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INGREDIENTES.-
- Paquete de hojaldre.
- 2 Filetes de salmón fresco.
- 150 gr. de gambas peladas.
- 5 Huevos duros.
- 1 paquete de queso rallado.
- 1 huevo batido para pintar.

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EL POEMA.-
Queriendo menda celebrar con esmero,
(y con cierto punto de sibaritismo refinado),
la Séptima Etapa de este blog murguero,
una empanada de salmón de rico hojaldre
con diligencia atrevime solito a cocinar...
Primero yo horneo, con mucha vista,
una lámina de delicado y fino hojaldre,
picada con tenedor o punzón fiero.
El salmón troceado y gambas coloco presto
al que cubrimos con rodajas de huevo.
Sólo queda espolvorear el cremoso queso
y tapar, abrochando, con la otra lámina.
Con donaire pinto ésta de batido huevo;
decoro y remato horneando la faena.

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NITO
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sábado, 24 de diciembre de 2011

ESTAMOS EN NAVIDAD

Queridos amigos: En este día tan especial y puñetero,
La Murga quisiera estar en todas y cada una de vuestras casas,
como quisiera estar en todos y cada uno de vuestros corazones
y daros un fuerte y sentido apretón que demostrara el calor
y la ilusión que por aquí gastamos, a la par que brindaría con  lo
que tengáis descorchado y  más a mano, por esa ilusión
que me suponéis todos vosotros en  esta tarea de entreteneros.
¡Por todos vosotros, componentes de La Murga!

NITO

viernes, 16 de diciembre de 2011

IDEAS PARA UN ENIGMA MURGUERO

 

Dime, murguero: -¿Por qué demonios Eratóstenes, un señor que ya fumaba en pipa  276  años antes de Cristo, director –entre otras muchas cosas- de la Biblioteca de Alejandría, pudo ver y escribir sobre la Cruz del Sur (sin salir de su jardín), y yo que vivo en una Latitud semejante a la del sabio, no puedo verla?



Sabemos que muchos pueblos antiguos mediterráneos y de oriente próximo, vieron, disfrutaron y divulgaron la existencia de la Cruz del Sur, como así consta en los tratados de astronomía que se conservan. Así, en el Siglo XI d. Cristo, el astrólogo árabe Al-Biruni descubrió que desde 30º latitud norte en la India se podía ver una configuración estelar del sur, conocida como Sula: “La viga de la Crucifixión”.

Constelaciones Lupus, Centauro y, a sus pies, Crux.

El erudito victoriano R. H. Allen sugiere  este otro dato para darnos la clave e  interpretar una referencia contenida en la Divina Comedia de Dante (principios del siglo XIV). Dante, que ya sospecha la “nueva” ubicación de La Cruz del Sur, cuando entra en el Purgatorio por la entrada que se abre al hemisferio sur,  declara que:

“… dispuesto a espiar
este extraño polo, recuerdo cuatro estrellas
 las mismas que vieron los primeros hombres, (*)
y que desde entonces ningún hombre vivo a vuelto a ver.”
(Purgatorio, Canto 1:22-4).



Que esta constelación, por tanto, se fue borrando en el cielo y los hombres terminaron por olvidarla hasta el punto de no aparecer en los nuevos tratados de Astronomía.
Que Cristóbal Colón no la pudo ver en sus cuatro viajes (ni falta que le hizo). Que navegantes portugueses, como Magallanes la redescubrieron en el S. XV en el Hemisferio Sur y que si hoy quieres verla, no te cabe otra que hacer lo mismo que el murguero Antonio Pérez.


Y ahora viene el enigma, la pelea y la pregunta: ¿A qué demonios pudo deberse esto…? (**)



(*) Los primeros hombres son los primeros cristianos, porque la Cruz del Sur era visible desde  Jerusalén en la época de Cristo.
(**) Lo del demonio era un decir de mi agüela, cuando no entendía los problemas de la Ciencia.

PISTAS AL ENIGMA

¡Oh Cruz del Sur, oh trébol de fósforo fragante!
Con cuatro besos hoy penetró tu hermosura
y atravesó la sombra fría y mi sombrero.
Dile al viejo Mediterráneo, pues a mí no me cree,
que será nuevamente bendecido, si paciente espera
26.000 años, con tu mágica luz sideral perdida.

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No valen como respuesta, ni mucho menos es solución,
 lo de volteretas, cataclismos, brincos o repullos
que la Tierra diera. Sí se aproxima algo, lo de bamboleos
 del torcido eje en el telúrico caminar del viejo Planeta.
Pero dímelo fino, por Dios, y con su nombre cabal:
Mira que, en estos ambientes, por tu elegancia te medirán.

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NITO

PISTAS.

viernes, 9 de diciembre de 2011

EL PROBLEMA DE LA LONGITUD

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Deformaciones en el trazo de Cartas: Desconocimiento de la Longitud
Tal parece como si la responsabilidad de llevar a buen puerto el crucero “Música”, en el que va nuestro murguero Antonio, fuese solo mía: Hago más horas de puente de las reglamentarias todas las noches y vigilo su senda.
Además le sigo buscando cosas del mar que le distraigan y le hagan corta la travesía, como las curiosidades esas de La Cruz del Sur.
Y así, previendo que ya mismo la nave entra en la Latitud Cero, es decir, corta la línea ecuatorial, me acordé, y me dio por pensar, en aquel viejo y difícil problema del cálculo de La Longitud.

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La Murga tenía ya su cronómetro: Le faltaba el barco
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Parece increíble, pero hasta que el hombre no dispuso de un par de cronómetros mecánicos de resorte fiables a bordo, no se pudo hacer el cálculo exacto y al instante de la Longitud geográfica ni elaborar mapas o cartas náuticas con rigor.
Ya de por sí, el solo hecho de descubrir que el control del tiempo podía ser la solución al problema de la longitud geográfica, fue un gran logro del hombre. El caso es que La Bóveda Celeste, con sus estrellas, planetas y satélites, con sus movimientos sincrónicos, rapidísimos y regulares, estaba lleno de “relojes”. Piénsese en las cuatro “lunas galileas” de Júpiter, ejemplo de cronómetro de regularidad infinita y sin pilas.
El problema estaba, sin embargo, en que este y otros ejemplos, eran adecuados en tierra firme, con cielo despejado y todo el tiempo del mundo para realizar los pesados cálculos matemáticos, pero… ¡y en mitad de una borrasca, lloviendo a mares y con mar arbolada…! -¿Quién es el guapo que planta un pesado telescopio en una oscilante y peligrosa cubierta?

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Las lunas de Júpiter: Cronómetros perfectos 

En busca de la Longitud
De las dos coordenadas geográficas necesarias para poder orientarse en alta mar, el cálculo de la longitud resultó ser una tarea ardua y complicada, cuya resolución no tuvo lugar hasta bien entrado el siglo XVIII con la invención de un reloj lo suficientemente preciso, que determinara tanto la hora del puerto de salida como la de cualquier punto en el planeta.
Y no es que antes del siglo XVIII se prescindiera de la longitud. En mapas antiguos se ven establecidos meridianos que dividen el planeta. El problema era establecer las coordenadas. Mientras que la latitud se puede establecer a base de observar el firmamento y conocer la hora solar, la longitud no se conseguía hallar con exactitud porque no existía ningún instrumento lo suficientemente preciso para conocer el transcurso del tiempo, que es el que determina la longitud hacia el este o hacia el oeste de un punto concreto. En el siglo XV y XVI, lo más usual era navegar estableciendo un punto de latitud determinado, como meridiano cero. Colón, por ejemplo, eligió las Islas Canarias, y “montándose” en ese paralelo referencial, a modo de rail, viajar hacia el oeste hasta encontrar tierra sin “apearse” de él.
Queremos decir con esto que el Almirante de la Mar Oceana (como todos los navegantes de su tiempo), siempre supo su altura –su latitud-, pero no sabía a qué distancia se encontraba de su puerto de salida (en realidad, cuánto había navegado, salvo valores aproximados que daba la experiencia).
Para hallar la longitud es necesario medir el tiempo a la vez, en dos puntos de la Tierra. Es necesario conocer la hora en el puerto base y la hora en el barco –situación en el mar-. Los dos tiempos reales permiten al navegante convertir la diferencia entre ambos en separación geográfica. Una hora equivale a 15º de rotación terrestre. Cada hora de diferencia entre el barco y el punto de partida supone un avance de 15º hacia el este o hacia el oeste. Para que esta medición sea verdaderamente efectiva es necesario que el reloj que mide el tiempo sea de una precisión altísima con apenas error, y esto no se consiguió hasta 1768, momento en el que se dio por válido el primer prototipo de cronómetro marino.

El cronómetro marino
Los relojes en los barcos no eran precisos en absoluto: Se atrasaban, se paraban, se averiaban; a consecuencia de las condiciones de humedad altísima en el mar que oxidaban los mecanismos, los movimientos del barco desajustaban los péndulos de los relojes, los golpes y caídas en cualquier movimiento brusco, los terribles cambios de presión atmosférica en función de las distintas latitudes y que incidían sobre los materiales del mecanismo interno del reloj… La búsqueda por inventar un artefacto que consiguiera solventar todos estos problemas se convirtió en la obsesión de un relojero inglés a comienzos del siglo XVIII, y esta tarea le ocupó toda su vida.
El desastre del 22 de octubre de 1707, cuando cuatro buques de guerra ingleses naufragaron junto a las costas de las Islas Sorlingas al sur de Inglaterra a consecuencia de un error de cálculo en la estima de la longitud, en el que murieron casi 2.000 hombres, supuso la espoleta definitiva para crear en 1714 El Consejo de Longitud, cuya misión era la de inspeccionar cualquier avance o invento que estuviese relacionado con el cálculo de las longitudes.
En el plano científico, desde Galileo a Newton, científicos y astrónomos seguían empeñados y defendieron que, con la observación previa de la luna y el control del tiempo que tardaba en moverse a lo largo de una noche, es decir, el método de las distancias lunares, se podía hallar la longitud en el mar.
El caso llegó a tales extremos que en varios países se habían ofrecido incentivos económicos para motivar a la gente en la búsqueda de un método eficaz que solucionara el problema. Tanto la Corona española como la francesa habían ofrecido premios para aquellos que consiguiesen resolver esta cuestión. En aquella época, la determinación de la longitud era tan importante como serían muchos años más tarde la bomba atómica o el genoma humano, y los países más importantes pretendían ser los primeros en resolver este asunto. Pero fue Inglaterra, isla y potencia marítima de creciente importancia, la que se llevó el gato al agua.
En 1714, el Gobierno Inglés ofreció, mediante un Decreto del Parlamento, 20.000 libras a quien pudiera determinar la longitud con un error de medio grado (que equivale a 2 minutos de tiempo). Hay que tener en cuenta que 4 segundos equivalen a 1 milla náutica: Llegar a buen puerto o irse contra las rocas. El método propuesto tenía que probarse en un barco en navegación.
El decreto establecía que “sobre el Océano, desde Gran Bretaña hasta cualquier puerto en las Indias Occidentales señalado por el Comité... sin perder la longitud por encima de los límites establecidos”. El método tenía que ser probado y ser útil en el Mar.
El Comité de la Longitud juzgaría y adjudicaría el Premio de la Longitud. Recibieron unas cuantas proposiciones extrañas y maravillosas, como la cuadratura del círculo o la invención de una máquina de movimiento perpetuo. La frase “determinar la longitud” pasó a ser sinónimo de lunático o de loco. Casi todo el mundo pensó que era imposible determinar la longitud.
El problema fue eventualmente resuelto por un carpintero de Lincolnshire con muy poca formación: John Harrison supero a la comunidad científica y académica de su época y ganó el premio de la Longitud a base de esfuerzo personal y de un talento y conocimiento técnico extraordinario. Harrison había nacido en 1693 y siguió los pasos de su padre que había sido carpintero. Para resolver el problema de la longitud Harrison diseñaría un reloj portátil que tuviese la misma precisión que los mejores relojes de pie de su época, y la respuesta al problema fue el reloj H4.

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El fabuloso reloj H-4 de Harrison: Fin de un problema

El H4 fue completamente distinto a los anteriores que había ideado: H1, H2, y H3. Medía solo 13 cm. de diámetro y pesaba 1,45 Kg. Era como un reloj de bolsillo grande. El 18 de Noviembre de 1761 el hijo de Harrison, William, partió hacia las Indias Occidentales en el barco Deptford con el reloj H4. Llegaron a Jamaica el 19 de Junio de 1762; al comprobar la hora que marcaba el reloj, empleando medidas astronómicas, comprobaron que solo había atrasado 5.1 segundos. Era un logro impresionante pero aún pasó tiempo hasta que el Comité de la Longitud decidió darle el premio a Harrison.
Sin embargo, el Comité, pidió que Harrison construyese más relojes y que desvelara sus secretos. Se le pagarían 10.000 libras. El resto sería pagado cuando entregase más relojes que permitiesen calcular la longitud con un error no superior a las 30 millas.

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John Harrison y su cronómetro marino de alta precisión

En Agosto de 1765 se le pagó la mitad del premio pero se quedó sin sus cuatro relojes (H1, H2, H3 y H4). Para conseguir la otra mitad tenía que construir al menos otros dos relojes. Además, el H4 original tenía que estar depositado en el Observatorio, con lo cual tenía que construir su copia siguiendo sus planos y su memoria. Nevil Maskelyne, que había sido nombrado astrónomo real, seguía abrigando serias dudas sobre los relojes y estaba convencido de que el único método seguro para calcular la longitud en el mar era el de la distancia lunar.

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Estampillas conmemorativas de los 300 años del reloj de Harrison

El Comité había nombrado a Larcum Kendall como relojero conservador de los relojes de Harrison en el Observatorio. Además le habían encargado una copia del H4. En 1769 terminó el K1. John Harrison, que tenía 70 años, y su hijo William terminaron la primera copia: el H5. Pidieron al Comité que considerase el K1 y el H5 como los dos relojes necesarios para cobrar la segunda mitad del premio, la respuesta fue que las dos copias del H4 tenían que ser hechas por Harrison.
Harrison decidió dirigirse directamente al rey Jorge III, al que le entusiasmaba la ciencia, y que al conocer los detalles de cómo había sido tratado Harrison decidió que había que otorgarle el premio. El mismo rey comprobó la precisión de los relojes de Harrison. Pero el Comité siguió terqueando. Harrison apeló al Parlamento quien finalmente admitió que tenía derecho a la otra mitad del premio.
Harrison murió a los 83 años. La tozudez y el ingenio de este carpintero, que acabó siendo relojero, contribuyó, mucho más que los cañones, a que Inglaterra obtuviese el Imperio que hasta hace bien poco se extendía por toda la tierra.

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El método de las distancias lunares

Ya veis los muchos problemas que aguantó Harrison para que su invento fuese reconocido. Por eso diré siempre que la historia del problema de la Longitud es una historia de soberbias y mezquindades: La cosa es que el método de la distancia lunar unía a científicos de todo el mundo en una empresa internacional a gran escala. Además, su utilización exigía unos conocimientos que en absoluto estaban al alcance de cualquiera. Entonces llega Harrison y dice que él arregla todo el asunto con un aparatito que puede usar el más tonto. No se lo quisieron consentir.
Pero ganó.
NITO

sábado, 3 de diciembre de 2011

ANTIGUA SEDE DE LA CAJA DE AHORROS

Hoy nos parece una calle secundaria, incómoda por lo estrecha para el tráfico rodado, mal ventilada, sin apenas servicios… Sin  embargo antaño fue una arteria muy notable y muy codiciada por los granadinos. Hablamos de la  calle de San Matías que conserva aún, por fortuna, buena parte de los edificios que desde muy antiguo le confieren prestancia y relieve. No puede olvidarse que esta calle abundó en fincas de calidad, puesto que en ella se aposentaron algunos miembros de la nobleza granadina, a la que se unieron luego los representantes de una clase emergente, la burguesía.
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Juan Bustos Rodríguez, el que fuera genial Cronista Oficial de la Ciudad de Granada, nos dice que, entre las edificaciones que definen las rancias estructuras arquitectónicas de esta calle, merece atención sobresaliente la finca Nº 17. Una muestra notable de la arquitectura granadina del siglo XVIII, siglo en que Granada culminó su transformación urbana iniciada en la conquista cristiana. La finca puede considerarse como de gran importancia por su fachada manierista simétrica (*), magníficamente estructurada en pilastras y frontones, con aleros moldurables y excelente portada tallada en piedra que abarca el balcón principal.
(*) Ignoro si el cierre del balcón del piso superior, que le da un gracioso toque asimétrico, fue un elemento añadido o no al inmueble.
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Otros detalles del edificio, todos de calidad singular, son: laterales sencillos de canalero en pico de gorrión y forja carcelera; un amplio patio, con ocho columnas corintias en mármol y galería superior con elementos originales de interés.
La casa fue en su día modelo de las casonas señoriales que, durante más de dos siglos, abundaron en este sector de la ciudad, ocupado con gente de alcurnia. Esta conserva aún su zaguán, su gran patio -actualmente retransformado- al que se abrían las habitaciones secundarias, mientras que las principales lo hacían a la calle. La última planta era la destinada a los servicios y criados.
La fachada principal de la edificación es de lo más representativa. Testimonio del primitivo orden palaciego de la finca son sus los hierros de forja especial, carpintería de cuarterones tallada, artesonados, etc. La misma puerta principal, en madera noble con clavos de bronce, confirma la calidad de vida de los señoriales propietarios.
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Durante un tiempo, y como lo atestigua una lápida conmemorativa, este palacete estuvo ocupado por las dependencias de de la Caja General y Monte de Piedad de Granada. Los granadinos, en todo aquel periodo, conocieron la institución más como “Monte de Piedad” que con su nombre completo.
Aunque quizás convenga aquí advertir que no se trata de la primigenia institución “El Monte de Santa Rita de Casia”, que tuvo su sede inicial en el número 53 de la Carrera del Darro, y que se fundara en 1740, aunque ambas, en cierto modo, son las precursoras de nuestra actual Caja de Ahorros de Granada.
En la actualidad, este edificio es sede del Instituto Andaluz de la Mujer, como con anterioridad, había sido sede del Consejo Escolar de Andalucía.

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NITO
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miércoles, 16 de noviembre de 2011

LA TORTAJADA y La Belle Époque granadina

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Una bellísima joven en el escenario parisiense del Empire, de plumas y crinolinas canta Miss Bouton d'Or. Es la noche de su debut y hay en el público expectación por conocer a La Tortajada, nueva en la plaza. De entrada, su belleza de mujer andaluza ha impresionado a los espectadores. Pero cuando la española levanta una auténtica marea de delirio es en el número de baile que sigue a su aparición. Cuando enmudecen las guitarras la sala puesta en pie aplaude y grita: "¡Tortajada! ¡Tortajada…!"
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-Su verdadero nombre era Consuelo Tamayo. Tortajada era el apellido de su marido y su adopción respondía a esa inveterada costumbre del mundo del music-hall y de las varietés de escoger un nombre artístico original y sonoro. Sabido es que más que en el arte de aquellas figuras de la Belle Époque, importaba la fascinante y arrolladora presencia de la divette. La Tortajada cumplía cabalmente estos requisitos. Una mujer alta, de tez blanca, de pelo y ojos negros, de mirar incitante. Su morfología respondía al más acusado gusto de la época. Sus formas físicas eran de una orografía espectacular. Cintura afinada, hermoso escote y brazos bien torneados. El tipo de mujer que volvió loco aquel París, cuyos resplandores culturales y frívolos atrajeron a emperadores, reyes, grandes, duques y magnates del mundo entero.

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Cuando La Tortajada se presenta en el Empire de París, en 1882, tiene 15 años. El año anterior se había casado con el compositor catalán Ramón Tortajada, director del coro del convento de monjas, en Barcelona, donde se educaba Consuelo Tamayo. Descubrió en la adolescente corista una voz de excelentes registros y la animó a estudiar canto bajo la dirección del maestro Serra, en la ciudad condal. Más tarde dará clases de baile con el maestro Arriaza en Sevilla. Ramón Tortajada se dedicó a cultivar la mina artística que había descubierto en su alumna y, decidió explotarla. Bajo el señuelo de preceptor y protector, imagen paternal y amparadora de aquella adolescente de 14 años, la catapultó del convento a los grandes escenarios del mundo de las varietés. Tras unas actuaciones en Barcelona y Madrid la convenció para que se dedicase a las varietés.

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París era la meta para las estrellas del mundo. La adolescente Consuelo no sabía gran cosa, pero su marido sí. Para su presentación en la Villa-Luz le compone Miss Bouton d'Or y la disfraza de vedette, con innecesarios corsés, sujetaligas, plumeros, pieles… Y nace La Tortajada. El empresario catalán Oller, creador en París de espectáculos de una magnificencia inusitada como el Nuevo Circo, las Montañas Rusas, el Moulin Rouge y el Olympia, contrató a La Tortajada, tras su restallante debut en el Empire, y su nombre fue pronto famoso en estos célebres escenarios. Fascinaba su juventud y su belleza, y entusiasmaban sus bailes y la cadencia de su voz andaluza. En poco tiempo su nombre se situó entre la media docena de figuras que se disputaban el centro parisién del music-hall. Su imagen ilustró en 100 diferentes imágenes las colecciones de postales, en donde la hermosa mujer iniciaba un strip-tease con un mantón de Manila. Por dos veces consecutivas dio la vuelta al mundo, actuando en los escenarios más célebres de Inglaterra, Berlín, Bélgica, Suiza, Italia, Rusia, Norteamérica, Transvaal… Fue recibida, agasajada y condecorada por el kaiser Guillermo II y el zar Nicolás II, e incluso el Papa Pío X le concedió una audiencia privada, y es que para las gentes devotas del espectáculo suponía un refrendo, algo así como la garantía del perdón de sus pecados.
En la biografía de La Bella Otero, de Arthur H. Lewis, se lee: Dos estrellas españolas oscurecían a todas las demás. Una fue la señorita Consuelo Tortajada, que cantó y bailó en el Alhambra durante muchos meses y la otra, todavía más renombrada, fue La Bella Otero. A diferencia de la Otero, esta bellísima española cosechaba triunfos de la crítica donde quiera se presentase y al parecer restringía sus actuaciones sólo al escenario".
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El 1 de junio de 1901 reaparecía La Tortajada en el londinense The Alhambra, con la opereta melodramática en tres actos Los Contrabandistas. El diario Encore decía: "Nuevos giros se han introducido en The Alhambra. El más notable de ellos es La Bella Tortajada, la encantadora y completísima bailarina española que ha deleitado en anteriores ocasiones al público de Mr. Slater Dudas. Posee una extraordinaria voz que la emplea maravillosamente en la Aria de Contrabandista y Aria al sol y otras canciones. Aún más, hemos de destacar que posee una fuerza dramática grande que la hace maravillosa en la expresión de la pena, de la pasión, del odio y la desesperación. La opereta ha sido magníficamente presentada en escena por Mr. Phillip Wowden, con música de Ramón Tortajada, de gran fuerza artística descriptiva, considerándola como la mejor obra presentada en The Alhambra". Todos los periódicos ingleses enaltecieron el arte de La Tortajada.
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La fantástica proyección de La Tortajada originó toda suerte de leyendas. Un día los periódicos publicaron que había sido raptada y llevada a África por un príncipe zulú. Otra vez que había sido asesinada por un príncipe vienés en Nueva York.
En uno de sus viajes a España, Carmen de Burgos, Colombine, la entrevistó para su libro Confidencias de Artistas. La escritora pudo comprobar que no era fantasía, sino que sus aventuras exóticas y sus peripecias novelescas eran auténticas.
La Tortajada en sus viajes a España visitaba siempre Granada. Pero tan sólo una vez, en febrero de 1906, accedió a actuar ante sus paisanos. Fue en el teatro Cervantes, en una función destinada a fines benéficos. La artista puso como condición que la mitad de los ingresos fuesen destinados a las gentes pobres de Santa Fe.

La Casa Árabe en la Plaza de la Mariana

La Tortajada eligió Granada para su retiro. Pero Consuelo Tamayo no podía vivir lejos del lujo y la fastuosidad. Adquirieron un “palacete árabe”, que el gran actor granadino Francisco Fuentes se había hecho construir en la plaza Mariana de Pineda. Colombine nos deja esta descripción: "La casa de La Tortajada es una reproducción del palacio de Alhamar. Están allí sus salas de muros calados y azulejos, sus miradores y ajimeces, sus jardines construidos en el primer piso y poblados de mirtos, arrayanes y cipreses".
La Tortajada siguió viviendo en su palacete árabe, convertida en una señora devota y burguesa. En lujoso landó tirado por los potros más hermosos de Granada, iba a misa a la Virgen de las Angustias y paseaba su espléndida belleza morena, cubierta de soberbias joyas, como una reina destronada, bajo las miradas pasionales de los granadinos. Era un monumento viviente, ornato de la ciudad, y de su plaza de toros.
Sin duda el busto femenino más desarrollado y célebre de la Granada de 1902, debió de ser el de la célebre artista La Tortajada –“de pecho de pupitre”, llegó a decir el grave y sesudo Melchor Fernández Almagro –
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Con el tiempo La Tortajada se convirtió en doña Consuelo. Iniciado el declive de su juventud, invulnerable al desengaño, abrió la jaula dorada de su casa al amor de un hombre joven que, como pájaro depredador, acabó de dilapidar su fortuna. En las manos de la artista quedaron tan sólo las pruebas de su fastuoso pasado: fotos, cartas, programas, condecoraciones, recortes de prensa… Sus familiares, buenas gentes de Santa Fe, le abrieron las puertas de su modesto hogar, donde doña Consuelo tuvo una vida larga y sosegada, tan larga que, cuando murió en 1957, muy pocos se acordaban de ella. Su nombre era un recuerdo deslumbrante de la Belle Époque. Consuelo Tamayo vivió rindiendo culto a su pasado esplendor físico. No se resignó a perder su belleza. Los parientes que la cuidaban nos contaron que nunca supieron su edad. Incluso cuando era ya una anciana, jamás se dejó ver sin maquillar. Su compostura personal era un rito cada mañana. Varada en el recuerdo de su fulgurante pasado, acabó sus días en Santa Fe. En su pequeño cementerio tuvo reposo aquel cuerpo de arrebatadores perfiles, que tantas pasiones había despertado en las cortes europeas.

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NITO

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martes, 8 de noviembre de 2011

SINOPSIS PARISINA

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Serenados ya los pulsos de esta escapada llena de incidentes, puedo afirmar convencido, que lo mejor de Paris son los amigos Jean Noel- Florance y Francis-Anita, nuestros anfitriones. Sin la ayuda de ellos, lógicamente, se nos habría ocultado mucho de la verdadera esencia francesa, ya que no fue sólo Paris.
La lluvia antipática nos despidió y nos volvió a recibir en Granada. Sin embargo nos respetó en Francia, salvo la mañana de la visita a Orsay.

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No contaré nada sobre la Ciudad de la Luz, harto conocida de todos y que siempre te encandilará; sí contaré algo de lo “chuministas” que son los parisinos (no confundir con chauvinistas, que es otra cosa y que en verdad lo son en la misma medida que nosotros podemos serlo con nuestra Graná…).

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Quiero decir que todas las chuminaicas que busques y puedas imaginar, están allí, incluso las españolas: Revistas, catálogos, postales, fotos de guerra, carteles republicanos, libros viejos, pinturas… Sólo un ligero paseo por el Sena, alrededor de los bouquinistes, con sus cofres verdes sobre el pretil del río y a la vista de Notre Dame, te lo confirmarán.

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Además quedan las galerías de arte viejo y otras mil fruslerías, los puestos callejeros de ropa y de frutas, entre las que encontré higos chumbos sicilianos, y sobre todo, las bicicletas: Esas bicicletas de alquiler para el ciudadano ágil con cienes y cienes de aparcamientos bicicleteros, en donde la primera media hora, es gratis.

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Una visita obligada vespertina a Monmartre para ver la puesta de sol sobre Paris, con la consabida cerveza en una terraza mientras escuchas a los músicos callejeros con su acordeón y dimos por finalizada el recorrido parisino.

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Punto y aparte fue el viaje y estancia en la monumental Vendôme, (con su admirable Abadía de La Trinité), nuevo domicilio de de Jean Noel, a 150 kms. de Paris en la ruta de los castillos del Loira.
Otoño vivo en la campiña del Blé, que atravesamos, lleno de retorcidos e increíbles góticos por todas partes…

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Visitando la Catedral de Chartres te quedarías, a buen seguro, sin habla, lector murguero, pero yo -capullín integral con fijaciones- me emocionó una lápida en el suelo de la calle, frente a su fachada: ¡Camino de Santiago.- 1625 km. a Compostela….! Y es que por aquí pasa la más occidental de las cuatro vías principales jacobípetas que, a modo de varillaje de abanico, desembocan en Roncesvalles.

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Los Château de la Loira (solamente visitamos tres de los cincuenta y siete que tiene, so pena de volverte loco), bien merecerían un estudio especial.Todos ellos están inscritos en el Patrimonio Mundial.
Sin embargo habría que narrar el ambiente que los rodea y cómo sus visitantes disfrutan de su radiante campiña y respetando las tradiciones, como la del pique-nique, (equivalente a nuestras merendicas en el campo).

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También nosotros llevamos nuestra cesta bien provista, frente al castillo de Cheverny. Allí se concentran los días festivos grandes grupos de amigos con sus aficiones preferidas, como las bicis experimentales, ultraligeros caseros o la competición de globos aerostáticos sobre La Loira.

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Para recordar siempre, además de lo narrado, las cenas con los amigos en sus acomodadas casas relatando las incidencias de la jornada, en compañía de “Paco” el loro porculero de Francis que, además de tocar diana todas las mañanas, se empeñaba en desayunar zumo de naranja y coca cola para cenar, con nosotros.

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NITO
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miércoles, 26 de octubre de 2011

EL VELATORIO

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¡Juani. Las siete y media! ¡Levántate!
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Es otoño, debe ser porque, aparentemente, todo va muriéndose... El caso es que, una vez más, ha llegado Noviembre, parece como si el ciclo vital se fuese cerrando. A mí me da la impresión de que, alguien, desde lo alto de un campanario golpea con el badajo de la campana mi memoria. Otra vez... aquí está. Leo en el periódico eso de “Haloween” y ya es suficiente, la campana vuelve a sonar. Aún se me pone la carne de gallina... y todo a pesar de que esa palabreja me resulte antipática. No termino de entender cómo tradiciones de otros países recalan en el nuestro de esta forma tan facilona, y más todavía, ver cómo lo/as padres/madres compran a sus hijos de cuatro/cinco años trajes de esqueleto-calavera con tejido fosforito (que resalte bien en la oscuridad) en el Hipercor, no vaya a tener el niño un trauma en su cole por no ir adecuadamente vestido para día tan señalado. Pero, en fin, sirve para recordarme (in-adecuadamente) que estamos en el mes de los difuntos.
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Un día de Noviembre de 1.958...
La calle estaba mojada. Había llovido casi toda la noche y las ocho menos cuarto era noche cerrada (todavía no se había inventado el adelanto/atraso de la hora del reloj). Luz lúgubre de aquellas bombillas tristes de los faroles de esa Granada que no despertaba nunca. Yo sí. Mi padre me llamaba todas las mañanas, (¡Juani, las siete y media...!) bajaba las escaleras de tres en tres y cruzaba la calle Santa Paula como una centella penetrando en el convento del mismo nombre del que era monaguillo y personaje con la responsabilidad, nada más y nada menos, que de preparar y disponer todo para las ocho en punto en que las monjas tras la celosía del fondo de la iglesia se predisponían para oír la misa diaria que D. Francisco, el cura, celebraba.
-Ave María Purísima. ¡Bueno días madre!
-Buenos días Juanito. Toma la llave.
El torno giraba con un chirrido nada alegre, como si fuera el chillido de un gato al que despellejasen, y yo cogía la llave que era un autentico tempano de hielo.
¿Miedo a la oscuridad? -Sí, ¿A los muertos? -más., ¿A los fantasmas? -también. Pero allí estaba yo con mis ocho años abriendo puertas y luces a las tinieblas más imponentes e impenetrables del mundo. El silencio era sepulcral y sabía además que Noviembre era el mes de los muertos... me lo dijo el cura.



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A mediados del pasado mes de Septiembre murió un primo de un buen amigo. El Cementerio de San José está ahora muy bien dotado y estructurado para la normal despedida de los seres queridos, pero...todo tiene su “pero” en esta vida, en la anterior y en la que vendrá. Ahora a las doce de las noche, todo lo más a la una de la madrugada el personal asistente va desapareciendo, quedando solo el finado (que casi nunca puede irse) y los familiares más cercanos, llegando éstos incluso a cerrar el tanatorio con llave hasta la mañana, que vuelven ya descansados del ajetreo que conlleva un sepelio.
No obstante, durante el tiempo que estuve en el cementerio tuve tiempo suficiente para recordar <<Mi primer velatorio>>. La ocasión fue propicia y ocurrió como consecuencia del propio saludo a mi llegada al grupo de conocidos. ¿Qué tal?, ¿Cómo va la cosa...?, recibiendo por contestación de uno de ellos, con voz débil y las manos en los bolsillos: “Aquí, aburríos”.
Aquel inicio de conversación fue como otra campanada llamando a la puerta del intelecto, sustrayendo mi atención. Contesté inmediatamente: -¡Escuchadme! Voy a contaros lo que es un verdadero velatorio. De los que hoy, por desgracia, ya no se ven.
Los interlocutores, algo perplejos, mostraron una mueca de asentimiento (de toda forma no había otra cosa mejor que hacer...) y se dispusieron a escuchar:
<<Transcurría el verano de 1.958. Tenía yo...eso es, ocho años recién cumplidos. Era un niño como casi todos los niños, travieso, inquieto y no me gustaba el colegio. Mi mundo lo constituía la placeta donde nos podíamos juntar todas las tardes a jugar entre 25/30 niños/niñas y el convento de Santa Paula del que era personaje principal ya que era el que lo abría y lo cerraba. -¡Ah! Mi sueldo era de cuatro pesetas al mes.
En el primer piso de mi casa vivía Doña Dolores, señora de edad avanzada y que se encontraba sola pues había tenido solamente una hermana que murió ya hacía años. A Doña Dolores en el barrio todo el mundo le llamaba “La Tita Lola”. Delgada, alta, cabellos blancos recogidos en óptimo roete que combinaban perfectamente con su toquilla de color gris, lo que infundía en ella un aire de persona sabia y buena. Le gustaban mucho los niños y nosotros nos pasábamos largos ratos con ella atentos a las historias que contaba de aquella forma tan personal. Como agradecida por la compañía nos daba caramelos y regaliz que guardaba en el cajón de aquel imponente repostero color caoba. Otras tardes, cuando había comprado la hogaza de pan, nos la repartía con aceite y azúcar. No puedo olvidar para describirla, el arte que atesoraba haciendo “croché” con el que pasó la mayor parte de su solitaria vida; ni sus manos de largos dedos que sufrían cada invierno el azote de los sabañones y que con tanta paciencia resistía.
Pues bien, La Tita Lola que solía subir a mi casa (2º piso) a cascar con mi abuela mientras trabajaban el “croché” (perdón por lo de cascar, porque mi abuela padecía sordera total) no subió en dos días, lo que alarmó a mi familia y al resto del vecindario. Llamaron y llamaron a su puerta y nadie respondió. Escolástico, el lechero que traía la leche de Alfacar en una yegua un día sí y otro no, trató en vano abrir la puerta, lo que llevó al unánime acuerdo de llamar a la policía armada, que se presentó al rato con el cerrajero de rigor y éste abrió la puerta. Allí estaba La Tita Lola en su cama, muerta. Los chaveas nos colamos como pudimos entre los mayores y la pareja de guardias nos echó rápidamente.
Después todo pasó sin pérdida de tiempo alguno. La amortajaron, vinieron los “tíos” de la Funeraria Nuestra Señora de la Soledad y la subieron a mi casa. No sabía por qué, quizás por la amistad que le unía con mi abuela, el caso es que mis padres decidieron encargarse de todo.
La pusieron, como se pone a todo el mundo en este trance: En medio de la habitación de la entrada. La caja era de color nogal y tenía como un acolchado cubierto con una sábana blanca que denotaba comodidad. Aquello lo vi bien pues quería que estuviera lo más cómoda posible. Terminaba la decoración, cuatro candelabros y una mesita pequeña con una libreta grande donde la gente escribía cosas.
Aquella noche fue la primera vez en mi vida que yo toqué a un ser sin vida. Tuve miedo, pero fue más intensa la sensación de saber que se terminaba algo muy entrañable para mí.
A los niños pronto nos dieron de cenar para quitarnos del follón que crecía por momentos, pero yo... quise quedarme y resistir hasta que mis ocho años lo permitieran, sin hacerme notar hasta bien entrada la madrugada que mi padre me descubrió detrás del sillón de mi abuela, con los ojos ya enrojecidos por el sueño.
Aquello sí que fue un velatorio. La conversación de los mayores era amena, divertida y variada. Cada uno contaba algún caso ocurrido o que había escuchado por la radio. Lo hacían con tanta gracia que el siguiente no tenía más remedio que exagerar el suyo. Comentaron con sorna cómo Amalia, una solterona muy gorda que vivía en el numero 27, trataba de aprender a tocar la bandurria y no podía porque las tetas eran tan enormes que no llegaba con los brazos a aplicar la púa a las cuerdas de aquel instrumento.
Sebastián, vecino del entresuelo, contó seguidamente un chiste: Resulta que había fallecido un hombre, al parecer, juerguista por naturaleza, y cuando estaban velándolo llegaron los sepultureros y la esposa se puso a gritar: ¡no se lo lleven, por favor, no se lo lleven!- Señora tranquila, hemos venido para enterrar el muerto.
¡No, por favor, no se lo lleven!, gritaba más fuerte la mujer.
Pero señora, ha llegado la hora de llevarnos al muerto. ¡No se lo lleven, no se lo lleven!, seguía gritando.
Los sepultureros, ya cansados dijeron: bueno señora, ¿porqué no deja que nos llevemos al muerto?
Y ella respondió: -¡Es que... es la primera vez que duerme en la casa!
Entonces intervino mi “tío” Emilio, casi sin dar tiempo a que terminara el anterior, cogió un embudo de la cocina para dar un sonido radiofónico mas real y seguidamente contó con todo detalle el gol de Zara en los mundiales de Brasil de 1.950 en el estadio Maracaná. Partido que enfrentaba a España con Inglaterra:
...Tiene en este momento la pelota Gabri Alonso que regatea a Ramsey, avanza con ella, sigue avanzando, sortea a Dickinson y con pase largo llega el balón a Gainza... Gainza de cabeza centra, el esférico llega a Zarra y éste chuta y gol, goool, gooooool. Señoras y señores, Zarra acaba de marcar para España un gol maravilloso. En jugada de plena profundidad y rapidez iniciada en el defensa Alonso que ha sabido aguantar los dedos en el ojo del medio centro inglés Wrigh y el agarrón en los güevos del interior Mattheus, cosa que el Sr. Juez de la contienda, Sr. Galeoti de Italia, no ha querido o sabido ver. Pero bueno todo ha salido perfecto con este golazo de Zarra que el cancerbero Wiliams no ha podido atajar. -(Sentenciaba):  A los tres minutos de juego de la segunda parte España 1, Inglaterra 0.
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Era el momento de ir a la Gran Vía y comprar helado. No tardaron en volver pues fueron a “Los Valencianos” que estaban ubicados en la esquina izquierda de edificio del cine Olimpia. Una olla entera de helado de turrón ¡qué suspiros!, ¡Está como si fuera de “los Italianos!, ¡Este está más bueno...!. Cómo pude resistir, aun me lo pregunto.
El helado abrió el apetito a todo el mundo y mi madre preocupada sin saber qué hacer (en aquellos años la vida era bastante precaria para casi todo el mundo) no se lo pensó dos veces y como buena albaicinera (no tiraba nada), sacó del cajón del repostero unos “mantecaos” de la pasada navidad que de manera inconcebible, no le salieron buenos pues se pegaban en las encías. Estaban duros y algo rancios, pero no quedó ni uno.
La Tita Lola seguía allí,”en pleno óbito, inmóvil, como si estuviera muerta..., que lo estaba, pero no saltó de la caja por esas cosas de la vida o de la muerte que no están bien por “el qué dirán”, aunque yo creo, a tenor de lo que sigue, que debió estar a punto de “gritar” un “¡me cago en tooo...!”. Yo le habría aplaudido si hubiese ocurrido así y hubiese apostillado su grito con un “yo tambieeeen”.
Sabían mis padres que en su juventud Doña Dolores había sido madrina de la hija de una pariente suya. Había hablado alguna vez de su ahijada, pero lo que no se podía imaginar nadie fue que aquella noche se presentara en mi casa a esas horas. Como es normal se cortó de inmediato la tan animada tertulia. Casi sin respiro pasó a leer en un papel y enumerar los bienes (nadie supo cómo los conocía) que su madrina le dejaba en herencia. Se formó lo más grande. Mi corazón se movía ahora con otros “meneos”. Mi tía le echó en cara que nunca se había interesado por ella. La discusión siguió creciendo y temí lo peor pues aquella señora los tenía bien puestos (a mí me pareció que tenía hasta bigote). Los nubarrones de la discordia se habían instalado en aquella habitación, pero ahí estaba Florencio, el vecino del 2º izquierda con sus grandes bigotes blancos que, con voz profunda, propuso un trato... Todos, a regañadientes, le escucharon mientras él desmenuzaba un “mantecao” y lo iba introduciendo en la boca de su viejo gato de la “M” (nunca he sabido porqué se llaman así, pues en principio creí que era por el color: “Gato de Mierda”) que posaba acostado en su hombro como siempre.
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Por fin llegaron a un acuerdo y se repartieron hasta la escobilla del retrete. Eso sí, la ahijada se llevó todo lo que existía de valor. Escuché que la muy zorra se llevó las sabanas de hilo de la “Viuda de Tolrá” que había comprado a un viajante catalán. Mis padres se conformaron con un crucifijo de madera y un molinillo de café.
Como hubo consenso, la cosa se animó de nuevo y sacaron una botella de anís del mono que debía tener por lo menos siete navidades a juzgar por la etiqueta que no dejaba ver ni la cabeza ni los brazos del legendario primate. Luego hicieron tila pues hubo, como unos tres minutos de llanto, y al final café de pucherillo.
De pronto, cuando todo parecía estar en calma, mi padre cayó en la cuenta ¿Y la esquela? -vamos, rápido, quizás nos dé tiempo.
El periódico Ideal estaba muy cerca de mi casa, en la calle Compás de San Jerónimo, haciendo esquina con Gran Capitán. Entonces permanecía abierta una oficina por la noche, haciendo guardia, para las notas mortuorias.
-De acuerdo, vamos, pero eso debe costar unos cuartos. Alguien respondió “si es pequeña me parece que puede salir por unos veinte duros”.
-Bueno, pero tendremos que hacer hincapié en que “no se van a repartir esquelas”. Ya es demasiado tarde. (Estas esquelas se repartían a los allegados después del entierro y en ellas figuraba una foto del finado con la fecha de nacimiento y muerte, además de una oración para ser rezada por el alma del muerto. En realidad parecían recordatorios de primera comunión a no ser por el color que mostraba el ribete negro).
Dicho y hecho, la nota mortuoria salió en el periódico pero con su reseña “no se reparten esquelas”.
esquela de mujer
Y yo... sentí más que nunca no ser mayor como ellos para estar metido en aquel maravilloso trance final (quiero decir berenjenal).
Desde que mi padre me sacó de detrás del sillón de mi abuela hasta que volví a oír “¡Juani. Las siete y media. Levántate...! habían pasado unas tres horas. Creí que no podía ser verdad pero, como todos los días, fui una centella para ir y para volver del Convento de Santa Paula. En mi casa mi madre ya tenía preparado el desayuno. Tazón de leche y un trozo de bollo casero con aceite. Escuché a mi padre decir: tenemos que darnos prisa el coche fúnebre vendrá a las diez y la enterraran a las once. El hoyo debe estar ya abierto... Yo quedé en silencio mirando al bollo, pensando en que ya se la llevaban para siempre y comprendí por vez primera en mi vida eso de... “El muerto al hoyo y el vivo al bollo"
Miré el reloj, eran las dos menos cuarto. Uno de mis oyentes me dijo: -”T'has pasao, tío”. -Anda vamos a ver si está abierto el Café Fútbol y tomamos algo. Eché un vistazo a mi alrededor y pensé que era buena idea.
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El cementerio de San José está bien, como decía al principio, pero es... demasiado serio. Le falta algo. En “Los Asperones”, (así se llama el cementerio de Málaga) hay otra cosa. Quizás más mundana. Por ejemplo, existe un comercio dentro del recinto; así, puedes visitar la “boutique del finado”, con gran variedad de lápidas y flores de todos los colores y materias y también ánforas y recipientes de todas las formas y dibujos para la ceniza de aquellos que deciden el crematorio como último trance mundano para el traslado del alma hasta el más allá, un estanco (los que van a velar fuman como carreteros), creo que dos funerarias con cajas confeccionadas en diversas clases de madera, desde chopo hasta caoba y palo santo que valen un pastón y un Café-Bar (Ad hoc) //¡Qué bárbaro, aún me acuerdo del latín!//. Si, allí observé que tenían en la cafetería huesos de santo, brazos de gitano, orejones y en el bar callos, riñones al jerez o asadura de hígado. También había criadillas, pero no supe de qué eran. Para los niños tenían gusanitos de todos los calibres. En fin, lo normal en estos tiempos y en estos lugares. Bueno, en Granada, por contra el lugar tiene unas inmejorables vistas a Sierra Nevada y si no vas preparado en invierno puedes pedir que te hagan sitio... claro que bien pensado ¿para qué quieren las vistas los lugareños? -Eso digo yo... (Contestó el primer interlocutor).
Los demás se marcharon como habían venido, con esa cara de “malafollá” tan granaina, que no se sabe si ríen o penan o ambas cosas al mismo tiempo, pero a todos quedó claro el mensaje-discurso-cuento-embuste y, finalmente, mediando un hondo suspiro repitieron conmigo:

“LOS VELATORIOS YA NO SON COMO LOS DE ANTES”.

The end (que quiere decir: Sacabó en granaino)
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Juan Gómez. Noviembre 2011

P.S. - El Café Fútbol estaba abierto y de ese “algo” tomamos “bastante”. Amén.

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lunes, 17 de octubre de 2011

CHOTO AL AJILLO: PLATO PAGANO

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Siendo antaño el Albaicín un barrio que gozó de  merecida fama cabrera, resulta curioso que el choto, el  cabrito lechal, no fuera  propio de los guisos festivos-religiosos de la localidad. Como curioso y anecdótico resulta  el relato que nos hace  Mariano Cruz en su “Ritual de la Cocina Albaycinera” y que recoge estos fragmentos de nuestra historia aún cercana:
“ El santoral no promocionó este manjar, ni siquiera la tradición islámica. Es un plato raramente casero en el Barrio, aunque sí era “comida de trabajo”. La calle Larga de San Cristóbal fue sede del gremio de cabreros y de éstos surgieron las familias principales del Barrio (Antonio el Becerro, el Zota, Miguel Peña, Antonio el Candiles, los Picheles, el Puri, el Cojo Copas, los Carlos, el Cara Sucia, Torcuato, el Loro, el Colorao, los Vinagres, el Feo, la Niña del Cojo Copas, los Libares, Frasquito el Chede, el Cirilo, el Forasterico de Beas, etc.).

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El choto  se criaba en el Barrio y su consumo, entre los albaicineros, debía reunir condiciones muy especiales. Grupos de amigos, con frecuencia, decidían guisar , un choto, bien como final o principio de una fiesta, bien como comida de trabajo, por remate de una obra, por haber cerrado un trato, o como signo exterior del poder, o porque a uno se le calentaba la boca en el Cafetín de Plaza Larga.
Luego, bastaba comprar, por allí cerca, un buen choto de mes y medio que estuviera hecho (de quince días sólo es agua) y que no hubiera comido hierba, solo “mamao”.

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Como el macho se echaba para abril o mayo (cinco meses de gestación) en octubre o noviembre el choto estaba a punto. Aparte el consumo por las gentes del Barrio, se vendía en el peladero de la Pescadería y en los “cuartos de gallina” (puestos de “toda la vida” donde se vendía la caza (volatería), las gallinas, los conejos y el choto troceado). Los lugares usuales para el guiso y la adquisición de la arroba de vino, fueron el ventorrillo del Tío Miguel y la Venta de la Pastora. Hoy, con los coches, se encuentra uno los “grupos de trabajo” en la Fuente de la Teja, Prado Negro y el nacimiento del río de Beas. También se come de encargo en la Mosca del Puente de Mariano o en la Granja (nueva venta), junto al cruce de la carretera de Murcia con la calle Pagés. A La Granja, los jóvenes del Barrio la llaman La Malvinas porque estiman que doscientos metros es mucha distancia.
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La tradición sitúa el mejor guisado de choto en la Venta de la Pastora, donde las Peñuelas, en el camino viejo del Fargue. Aún se conserva el edificio, con su fachada de posada antigua, descanso que fue en de los traficantes del Levante cuando encontraban cerrada la puerta de Fajalauza. Su situación y vistas eran privilegiadas. El dueño tenía, a la entrada, haces de leña para animar la gran chimenea, a tres perillas el brazao. En su última etapa, a comienzos del siglo XIX, la Posada de las Peñuelas se convirtió en Venta de la Pastora, se mantuvo así hasta que, al disminuir el tránsito por la apertura de la carretera de Murcia y después de un robo en la venta, la Pastora se marchó y el edificio se transformó en casa de vecinos.
El choto en ajillo del que hablamos, que normalmente los hombres “se lo guisan y se lo comen”, requiere las siguientes operaciones que refiero textualmente, tal como me lo contó El Carlos, cabrero; trabajador, sin vicios, que únicamente se desahogaba en la Romería de Moclín voceando cuando lo del santo eso de ¡cabrón!:  -“Al choto, primeramente, se le ennuca con una navaja chotera, por debajo del cuello. Sin bregar da toda la sangre, que se recoge en un plato con una mijilla de sal. La sangre se fríe y ya tenemos la primera tapa. Luego se cuelga el animal de una pata, se le abre, y se le quitan los despojos (el cuajo se aparta para hacer queso); la asadura y el corazón se dejan en su sitio. Es aconsejable matarlo por la noche y que oree con la piel, porque si se mata y se desuella en el mismo instante la flor de la carne se va con la piel. Luego se desprende del bicho la asadura y el corazón y se trocean con las carne”.
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Comienza el guiso.
Hay que preparar la salsa de ajillo cabrero: se majan pimientos cornicabra que sean de Cogollos Vega (después de abrirlos y quitarles las semillas), algunos ajos crudos y otros fritos muy bien machacados, almendras fritas (que estén tostaillas), asadura negra y sangre, también fritas y majadas, miga de pan borracha en vino, una miaja de orégano (que sea de Capileira) y vino. Todo bien batido. La carne, con mucho aceite, y un poco de vino se pone al fuego y cuando esté “mareá”, antes que empiece a crujir, se le echan los piñones; después más vino y, cuando cruje, se le añade la salsa de ajillo cabrero y se deja hervir un tanto con la carne para que tome gusto y espese.
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Siempre hay algún delicao al que hay que conformar.

NITO
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